Posterous theme by Cory Watilo

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Quiero creer...

Me he enterado de que el niño de siete meses que mencionaba en mi comentario acerca de la masacre en Madrid era en realidad una niña, y que se ha convertido en la última víctima del atentado. Siguen sin localizar a sus padres. Quiero creer que se han reunido en algún lugar mejor.

La ciudad callada

Estamos heridos. Y como nosotros, también están heridas nuestras ciudades, nuestros pueblos. Hoy he sentido como Barcelona, por un momento, parecía sucumbir a sus heridas. Ha sido a las 12, en Diagonal. En ese instante, todo se paró. La gente salió a la calle, para protestar en silencio por la atrocidad del día anterior, para gritar con una sola voz apagada por todas las víctimas del terrorismo sangriento y sin sentido. Y la ciudad se paró.

Por unos instantes el silencio lo invadió todo. Por unos instantes pareció que la ciudad dejaba de latir, que la sangre dejaba de fluir por sus venas. Por unos instantes Barcelona, a la altura de Diagonal, pareció haberse convertido en una ciudad fantasma, herida de muerte en lo más profundo de su ser, vacía y solitaria. Parecía que la ciudad dejaba de respirar, y que por fin abandonaba este mundo de miserias y mentiras para ir a donde quiera que esté el cielo de las ciudades. Y entonces, en ese momento en que parecía no haber remedio, la multitud estalló en un aplauso emocionado. Y la ciudad volvió a respirar.

Seguimos adelante. Y a los que no les dejaron seguir, los mantendremos vivos en nuestro corazón herido, pero enconadamente vivo y anhelante de paz.

Masacre en Madrid

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Hoy he llorado. Intentaría definir con palabras lo que he visto, pero no puedo. No hay palabras para definir el dolor, la desesperación, la rabia, la muerte, la sensación de vacío, la nada. Simplemente no hay palabras.

Hoy se convertirá en el Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo.

Hoy se convertirá en el día de ese trabajador, que como cada mañana cogía el tren para dirigirse a su trabajo. Un trabajo quizás no bien pagado, un trabajo donde quizás no hubiera demasiado buen ambiente, un trabajo donde quizás lo explotaran, pero un trabajo que le permitía comer, tener un techo bajo el que dormir, poder llevar a sus hijos al colegio, verlos crecer, poder regalar flores a su mujer y hacer el amor con ella. Ese trabajador, al que ni le iban ni le venían los nacionalismos, posiblemente ni siquiera la política, y que sólo quería vivir en paz, mañana no irá a trabajar. Ese trabajador hoy ha muerto. Ese trabajador ha dejado una mujer viuda, que tendrá que dejarse la piel para sacar su casa adelante, ha dejado dos hijos que no entienden quien puede ser tan malo como para poner una bomba que mate a su papi, ha dejado una madre que ya no podrá volver a vivir y a la que le gustaría haber muerto en su lugar.

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Hoy se convertirá también en el día de ese niño de siete meses del que aún no se han encontrado los padres. Ese niño quedará marcado, y en el colegio lo señalarán. Ese niño no entenderá que sus padres no le acompañen cuando vea a los demás padres en las actividades extraescolares. Ese niño pensará que una bomba no puede haberse llevado a sus padres al cielo, y que si Dios realmente existe y los tiene a su lado se los debería devolver para que él pudiera conocerlos, y sentirse como se sienten los demás niños cuando se acurrucan en el regazo de su madre o cuando juegan a la pelota los domingos por la tarde con su padre. Parte de ese niño ha sido asesinado hoy y yace junto a los cuerpos mutilados de sus padres.

Hoy se convertirá en el día en el que todos recordaremos que hay personas, más bien alimañas, que pueden apretar un botón y acabar con la vida de 200 personas sin pensarlo dos veces. Ojalá algún día todo esto no sea más que un recuerdo. Recuerdo una película (Powder) en la que el protagonista conectaba en cierta forma a un cazador con el ciervo al que acababa de disparar y que se encontraba moribundo. En ese momento el cazador sentía lo mismo que el ciervo, su agonía, su desesperación, como intentaba aferrarse a las últimas gotas de vida que escapaban de sus heridas. Me gustaría poder hacer lo mismo con estas personas. Me gustaría poder conectarlas a sus víctimas, a la familia de sus víctimas, conectarlas al horror y a la desesperación, al vacío de la muerte. Quiero creer que les causaría algún efecto.

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Sin embargo, y a pesar de todo esto, ha ido creciendo otro sentimiento en mi interior: el miedo. ¿Qué clase de persona hay que ser para demostrar la total falta de respeto por la vida humana que demuestran los que han hecho esto hoy? ¿De dónde han salido? Tengo miedo de la respuesta. Vivimos en un mundo que puede alimentar con creces a la población que contiene, pero en el que las muertes por hambre son continuas. El hemisferio rico tira la comida y desarrolla medicamentos para luchar contra la obesidad, mientras en el hemisferio pobre la gente lucha por sobrevivir un día más resistiendo a hambrunas, sequías y guerras. Hacemos guerras para controlar el petróleo abogando perseguir un fingido altruismo, mientras en otros lugares del mundo hay masacres descontroladas, vejaciones continuas, prostitución forzosa... Nos sumergimos en un consumismo desaforado, mientras la otra mitad del planeta intenta sobrevivir durante un año con el dinero que nosotros nos gastamos en nuestro último capricho. Este es el mundo que hemos creado, y esa gente ha salido de ese mundo.

Dicen que todo el mundo tiene lo que se merece. Hoy he llorado, y hoy he tenido miedo de merecer llorar. He tenido miedo de que desde nuestra existencia opulenta y lujosa, desde nuestra rutina pacífica, desde nuestra cómoda ignorancia hayamos creado esta sociedad en la que crecen asesinos y terroristas. Hoy he tenido miedo de que quizás todos seamos en parte responsables de esas muertes que se han producido. Hoy he tenido miedo de merecer morir.

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