Posterous theme by Cory Watilo

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Enseñar a ser feliz

Llevamos algún tiempo en que parece que todo o casi todo nos sale al revés. Y digo al revés, y no mal, porque cuando pienso en estas cosas me gusta recordar esa historia del granjero chino al que le van pasando cosas, que en un principio pueden parecer buenas o malas, pero cuyas consecuencias hacen que lo que a priori podía parecer un golpe de suerte derive en algo perjudicial, o viceversa.

Una de esas cosas que no para de salirnos al revés es la inscripción escolar de nuestro hijo. Queríamos que entrara en un determinado colegio, porque todo el mundo nos lo había recomendado, pero a pesar de intentar con empeño todo a nuestro alcance para conseguirlo parece que no hacemos más que ir en la dirección contraria.

Hoy me he parado a pensar un poco sobre el tema. ¿Y qué si nuestro hijo no va a ese colegio? Parece que la calidad de la educación que recibirá será peor, ¿qué puedo hacer para solucionarlo? ¿Puedo involucrarme en el AMPA y en su trabajo diario para conseguir que llegue a la universidad con una formación adecuada? Por un momento mi línea de razonamiento siguió por este camino, pero luego me pregunté por algo más importante, por la razón final de mi determinación: ¿por qué estoy tan empeñado en darle una buena educación a mi hijo? La respuesta me pareció obvia: por lo mismo por lo que le doy todo lo demás, porque creo que contribuirá a hacerle feliz, porque quiero que sea feliz.

Pero si en realidad lo que quiero es que sea feliz, ¿una buena educación ayudará? La cruda verdad es que no tengo ni la más mínima idea. Pensamos que una buena formación lo ayudará a encontrar un buen trabajo, a ganar dinero y que eso le proporcionará felicidad, pero la verdad es que está demostrado que una vez superado el umbral de supervivencia la felicidad tiene poco que ver con el dinero. Además, y esto es aplicable a cualquier aspecto de nuestra vida, no tenemos ni idea de las consecuencias que provocarán nuestros actos, y recordando el caso del granjero chino, algo que hacemos con la mejor de las intenciones puede tener consecuencias nefastas.

Por otro lado, mi experiencia y el hecho de comprobar el acierto de refranes como "No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita", o "Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad" (éste es especialmente inquietante) me hacen pensar cada vez más que la clave de la felicidad no está en el exterior, en las cosas que podemos poseer o conseguir, sino en el interior, en nuestra capacidad para aprovechar lo que tenemos y aceptar las cosas que nos pasan no como buenas o malas, sino como retos que superar.

Así que una vez llegados a este punto tengo claro una cosa: no quiero darle una buena educación a mi hijo. No quiero darle juguetes, o alimentarlo bien. Ni siquiera quiero vestirlo. Lo que realmente quiero y tengo que hacer es enseñarle a ser feliz.

El problema precisamente es que ahora tengo claro lo que quiero hacer. El objetivo se presenta ante mí obvio, diáfano, pero ¿cuál es el camino? Nadie me enseñó a mí a ser feliz, es más, creo que nadie en realidad se plantea de forma explícita enseñar a sus hijos a ser felices. Así que ahora me siento perdido y confuso. Es fácil recorrer un mal camino, si lo conoces palmo a palmo, porque todos los que tienes a tu alrededor lo recorren, porque es el camino que te han enseñado a recorrer; pero ¿cómo recorrer el camino bueno, si vas a ciegas y no sabes si el próximo paso te precipitará al vacío porque eres el primero que lo recorre? Así que aquí estoy, plantado en la oscuridad ante un camino incierto y difuso, preguntándome cuál debería ser el primero paso...

¿Alguna sugerencia sobre como enseñar a mi hijo a ser feliz?

La lotería de la educación

Hace poco estuve con mi mujer hablando con la directora de la guardería a la que llevamos a nuestro hijo, para pedirle consejo acerca de los colegios de Castelldefels. Más que darnos una opinión acerca de la calidad de la enseñanza en los colegios (cosa que hizo) nos explicó cómo era nuestro hijo en el día a día de la guardería, y qué colegio podía encajar más o menos con su forma de ser y con sus necesidades a la hora de tener una buena educación.

En contraposición a esto tenemos el maravilloso sistema escolar de preinscripción. Para los que no hayáis pasado por él, se basa en un sistema de asignación de puntos, en el que lo que tiene más valor es que haya algún hermano en el colegio o la proximidad al centro escolar. Esto, que a priori puede parecer lógico, en la práctica se convierte en un sistema totalmente arbitrario para asignar niños a un centro o a otro, ya que la proximidad se valora en función de zonas definidas por la administración que cortan el territorio en puntos totalmente arbitrarios y que no hacen más que crear situaciones totalmente absurdas.

En Castelldefels por ejemplo hay calles en las que un niño no puede ir al colegio que está en la acera de enfrente porque la línea divisoria cruza su calle, teniendo que desplazarse a colegios que están a bastante distancia de su casa. Supongo que esto no pasará solamente en Castelldefels, ya que es una consecuencia del sistema de zonificación.

Si a esto unimos que no se tiene para nada en cuenta las características del niño, y que a igualdad de puntos entras en un sorteo para luchar por una plaza, la sensación final es que estás poniendo algo tan importante como la educación de tu hijo en las manos de la suerte.

No me gusta el juego, y si alguna vez tuviera que jugar creo que nunca se me pasaría por la cabeza poner sobre el tapete en una apuesta la educación de mi hijo. Sin embargo esa es la sensación que tengo: señores, hagan su apuesta, porque de aquí a poco se sortea el futuro de su hijo.

La primera conversación sobre sexo

Bueno, pues ya ha llegado el momento... hoy hemos tenido la primera conversación sobre sexo con nuestro hijo. La conversación ha versado básicamente sobre las diferencias en ciertas partes del cuerpo entre nenes y nenas, así que la hemos podido sortear con bastante facilidad. La cuestión no es que la hayamos tenido, sino la edad a las que la hemos tenido: ¡¡nuestro hijo sólo tiene dos años y ochos meses!!

De todas formas, no sé de qué me sorprendo, es normal que tenga estas dudas, teniendo en cuenta que la semana pasada conocimos a nuestra nuera. Sí, sí, a nuestra nuera... Resulta que nuestro hijo ya tiene novia, y que tienen planeado casarse. Incluso estuvimos hablando con nuestra consuegra, y al parecer nuestra nuera está muy ilusionada, y prefiere darle besos a nuestro hijo en lugar de a su madre. Claro, ante este panorama supongo que es normal que le salgan dudas a nuestro hijo sobre ciertos temas que puede necesitar saber en su futura relación, ¿no?

De todas formas, ¿esto de las hormonas y de los calentones no empezaba con la adolescencia a partir de los trece o catorce años? ¡¡Vaya con la precocidad!!

Por lo menos me quedo con la tranquilidad de que nuestro hijo es decente y antes de pasar a mayores piensa en el matrimonio... que remedio, ¿no?

¿Cuánto tiempo tiene?

Cuando tienes hijos pequeños, y ves a otros padres con hijos pequeños, hay una pregunta que siempre se repite: ¿Cuánto tiempo tiene?

Evidentemente, cuando los niños ya alcanzan una edad te limitas a hablar de años, pero cuando son pequeños siempre intentamos dar la edad lo más exacta posible. Supongo que no soy el primero, ni seré el último, que se queda un momento pensando y dice: "Pues mira, ahora mismo tiene 1 año, 3 meses, 2 semanas, 4 días, 11 horas, 15 minutos y (ahora mirando el reloj) 23, 24, 25... segundos".

Bueno, bromas apartes, hoy he encontrado por casualidad una web muy curiosa que te permite incluir una especie de contador para que no pierdas la cuenta de los días de vida de tu hijo. Se trata de Lilypie, y si vais al apartado de Cumpleaños, podréis crear un aviso de cumpleaños que os muestra una barra muy divertida y totalmente configurable en la que vuestro hijo irá avanzando a medida que pasen los días. Y todo esto sin necesidad de registrarse. Aquí tenéis la de Èric:

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Èric

He tenido un poco descuidado el blog el último año, y una de las razones ha sido la llegada de una nueva persona a mi vida: Èric. Ahora tiene 7 meses, así que después de un tiempo parece que las cosas vuelven poco a poco a su lugar.

Aparte de esto, es curiosa la sensación de ir con un bebé por la calle: la gente se suele acercar a mirarlo, y sonríen espontáneamente; se dirigen al bebé y le hablan, como si lo conocieran de toda la vida, y como si su presencia bastara para alegrarles durante un buen rato durante el día; luego te preguntan, como si fueras un amigo al que hacen tiempo que no ven, y te dicen que está guapo, que es muy grande, que tiene unos ojos preciosos...

Por otro lado, tu bebé mira a todo el mundo y a todas las cosas con curiosidad; de repente aparecen unos niños jugando y los mira como si no hubiera visto nunca uno, y comienza a gritar de alegría, intentando llamar su atención; si alguno se acerca alarga su mano y lo toca, y ríe y juega con él; si alguien lo sonríe lo mira a los ojos, sostiene su mirada y le devuelve la sonrisa.

Cuando veo todo esto a veces me pregunto: ¿en qué momento perdimos la capacidad para hacer esto con las personas que no son niños? ¿Por qué estamos dispuestos a regalar una sonrisa a un niño, a tocarlo, a abrazarlo, y sin embargo muchas veces dedicamos la peor de nuestras caras, de nuestro humor o de nuestros gritos a los no niños? Quizás el mundo fuera diferente si no hiciéramos diferencias entre los niños y los no niños, quien sabe...

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