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¿Quieres ser más feliz? ¡Escribe un diario de gratitud!

Para ser feliz tan solo hay que proponérselo. Y no, no es palabrería barata de sicólogo aficionado. Hay estudios empíricos que demuestran que ciertas prácticas nos permiten ser más felices e incluso menos propensos a tener enfermedades. Una de esas prácticas es la escritura de un diario de gratitud.

 

¿Qué es un diario de gratitud?

Pues no es más que un diario en el que apuntamos cada día algo que nos ha pasado durante ese día y por lo que nos sentimos agradecidos.

¿Qué podemos apuntar?

Cualquier cosa que nos haga feliz: el nacimiento de nuestro hijo, un beso de nuestra pareja, una buena película con una buena compañía, un examen aprobado... Cualquier cosa que al leer unos días después nos haga recordar un buen momento y tener una sonrisa.

¿Pero esto realmente funciona?

Sí, funciona. Como podemos ver en la Wikipedia (en inglés), varios estudios empíricos demuestran que las personas que escriben diarios de gratitud se sienten mejor respecto a sus vidas e informan de menos síntomas de enfermedad.

Por ejemplo, en un estudio realizado en 2005 relacionado con la gratitud, se probaron seis intervenciones terapéuticas diferentes diseñadas para mejorar la calidad de vida de los participantes. De las seis, la que proporcionaba efectos de mayor duración era la escritura de un diario de gratitud, en la que los participantes escribían cada día tres cosas por las que se sentían agradecidos. Se comprobó que los mayores beneficios aparecían seis meses tras el inicio del tratamiento. Este ejercicio tuvo tanto éxito que muchos de los participantes continuaron escribiendo el diario tras acabar el estudio, a pesar de que sólo se les pidió que continuaran el diario durante una semana.

¿Qué podemos apuntar?

Cualquier cosa que nos haga feliz y por la que estemos agradecidos: el nacimiento de nuestro hijo, un beso de nuestra pareja, una buena película con una buena compañía, un examen aprobado... Cualquier cosa que al leer unos días después nos haga sonreir mientras recordamos un buen momento.

 

Si después de leer todo esto aún no te animas a escribir tu propio diario de gratitud quiero darte un empujoncito: hoy estoy agradecido porque por fin hemos publicado nuestro diario de gratitud en la App Store. Si tienes un iPhone y quieres comenzar tu diario de gratitud, bájate nuestra aplicación Diario de Gratitud (es gratis) y comienza a guardar tus agradecimientos y pensamientos positivos en ella. La verdad es que nos haría muy feliz a mi socio y a mí saber que estamos contribuyendo a que haya más personas felices en este mundo.

Y no sólo eso. Esto no es más que el inicio... estamos abiertos a cualquier sugerencia, comentario o mejora que nos podáis proponer. Abiertos y, por supuesto, agradecidos.

Hackeando mi vida

A veces me gusta pensar en la vida como en un inmenso mar en el que nos encontramos navegando, arrastrados por la corriente.

Hay una corriente enorme en la que nos encontramos todos sumergidos, y que nos arrastra a todos en una misma dirección. Esa corriente es el mundo que se mueve a nuestro alrededor. Es una corriente caprichosa que nos puede vapulear sin miramientos sin el menor aviso. Es una corriente poderosa, cuya dirección sólo pueden cambiar algunos con tesón, esfuerzo y a veces sangre. Esa corriente nos puede llevar a guerras porque alguien pensó que otro tenía armas de destrucción masiva escondidas, o nos puede llevar a crisis económicas globales porque unos ingenieros financieros pensaron que aún no habían ganado lo suficiente.

Hay otras corrientes que se entrelazan, que juguetean con nosotros en pequeñas ondulaciones, apenas una mar rizada sobre la superficie en incesante movimiento de la corriente global. Esas corrientes son las vicisitudes de nuestras vidas, los pequeños o grandes vaivenes que configuran nuestra existencia. Es dentro de esa corriente en la que podemos intentar dar golpes de timón, gobernar nuestra frágil embarcación para mantenernos en aguas tranquilas y poder llegar a buen puerto.

El año pasado la corriente me arrastró contra las rocas. La embarcación se partió por la mitad y caí al agua. Apenas pude asirme a un tablón, sacar la cabeza del agua y volver a respirar justo antes de ahogarme. En realidad ahora me doy cuenta de que llevaba mucho tiempo dejándome llevar por la corriente, sin fuerzas apenas para empujar el timón y cambiar de rumbo.

Por mi trabajo estoy acostumbrado a analizar problemas, a modelar la realidad, a buscar los elementos que no funcionan en un sistema o en un equipo e intentar anularlos, potenciando los aspectos positivos. Estoy acostumbrado a hackear, tanto aplicaciones como personas. Y no sé por qué, nunca lo había hecho con mi vida.

Durante este último año he leído mucho sobre temas motivacionales y organizacionales para mejorar en mi trabajo y para poder ayudar a otros a mejorar en su trabajo. Dentro de la motivación juega un papel fundamental la felicidad, así que he leído sobre los factores que contribuyen a ser feliz. Gracias a eso me he dado cuenta de que he dejado de hacer muchas cosas que antes hacía, o que hubiera querido hacer, y que estaban dentro de esos factores. Y eso ha hecho que me abandonaran las fuerzas para poder encauzar el rumbo.

Así que parece que ha llegado la hora de reprogramar mi mente y mi cuerpo, de rechazar los malos hábitos adquiridos e intentar adquirir o readquirir las conductas que me lleven a poder controlar el rumbo de mi vida. Y tengo que hacerlo en varios sentidos. Tengo que volver a controlar las pequeñas cosas; tengo que liberar mi mente para poder preguntarme hacia donde quiero dirigirme; tengo que enfocar mis energías y multiplicar mi productividad, tanto personalmente como laboralmente; tengo que fortalecer mi cuerpo y mi mente para poder enfrentarme a los retos a los que me quiero enfrentar.

Ha llegado la hora de hackear mi propia vida.

Las claves de la felicidad (II)

En mi anterior post (demasiado antiguo, lo reconozco) hablaba de las claves de la felicidad, o al menos introducía el tema. En este segundo post, antes de concluir (por decir algo) el tema quería hacer una puntualización.

En el anterior post mostraba que según los estudios realizados las circunstancias vitales representan tan solo un 10% del nivel de felicidad que percibimos. Aquí me diréis que esto es imposible: por ejemplo, ¿puede un drogadicto vagabundo sin ingresos, hogar o comida asegurada para el día siguiente ser tan feliz como un multimillonario con tres casas mastodónticas y festines diarios de marisco? Evidentemente hay un umbral.

El umbral para el que es válido el porcentaje del 10% es el de la subsistencia básica. Es decir, está demostrado que a partir de que el dinero nos procure un hogar mínimamente decente, un plato de comida caliente cada día y un mínimo razonable de estabilidad no hay una relación directa entre cantidad de dinero y sensación de felicidad.

En resumen, el famoso dicho de "el dinero no da la felicidad pero ayuda a conseguirla" es totalmente cierto, pero no en el sentido que solemos darle. El sentido correcto es: si el dinero no te proporciona una seguridad básica, probablemente seas infeliz; si el dinero te proporciona esa seguridad básica, no será el dinero el que te dé la felicidad, sino otras cosas. Y da igual el dinero que tengas. Aunque no lo creas, es así.

¿Pero cuáles son esas cosas que nos hacen felices? ¿Cuál es el camino a la felicidad? ¿Podemos aprender a ser felices? Y lo más importante, ¿puedo enseñar a mi hijo a ser feliz?

Más en el próximo post.

Las claves de la felicidad (I)

En julio llegué a la conclusión de que quería enseñar a mi hijo a ser feliz, pero no sabía cómo.

Hoy por casualidad me ha llegado parte de la solución a través de un tweet en forma de un enlace a un interesante documento de Global Equity Strategy titulado If it makes you happy. En él se presenta un pequeño resumen de las conclusiones a las que llega el estudio psicológico de la felicidad, una disciplina que es aún muy joven, pero que ya comienza a dar algunos resultados muy interesantes.

En primer lugar, se establecen los factores que influyen en la sensación de felicidad, que son tres:

  • Nivel o rango de felicidad preestablecido. Se trata de un nivel o rango de felicidad que nos viene predeterminado de forma genética, y que determina nuestra sensación de felicidad en ausencia de cualquier otro factor externo.
  • Circunstancias vitales. Factores demográficos (edad, sexo, raza...) , historia personal y estatus vital (estado civil, trabajo, ingresos, salud...)
  • Actividad intencional. Cualquier acción o práctica diferenciada que una persona puede elegir hacer (hacer deporte, ser positivo, participar en alguna causa altruista...).
En este momento te recomiendo que hagas un pequeño ejercicio de reflexión y pienses qué porcentaje representa cada factor en tu nivel de felicidad:
  • ¿Crees que eres feliz o triste por naturaleza, y que todo te resbala? ¿Siempre estás de buen humor o al revés, deprimido, independientemente del resto de factores? En tal caso piensas que tu nivel preestablecido tiene un alto porcentaje de influencia sobre tu sensación de felicidad... Si otorgas un alto porcentaje a este factor quiere decir que tu sensación de felicidad es estable, no que seas más o menos feliz, ya que tu nivel de felicidad preestablecido podría hacer que tendieras a la tristeza o la depresión.
  • ¿Crees que en tu caso el no tener un trabajo adecuado, no tener una persona a la que quieres y que te quiere, o no tener el dinero que te gustaría influye en no poder ser más feliz de lo que eres? Si crees que tu situación vital es el principal factor para no poder ser feliz tendrás que asignar un alto porcentaje a este factor.
  • ¿Y las actividades intencionales? ¿Te pueden hacer más feliz cosas como hacer deporte, leer un libro, participar en una ONG? Si crees que este tipo de cosas te hacen más feliz, sube el porcentaje de este factor.
¿Listo? ¿Ya lo tienes? Muy bien, pues ahora vamos a desvelar el resultado de los estudios realizados, y a ver qué porcentaje representa cada uno de los factores mencionados:
  • Nivel o rango de felicidad preestablecido: 50%
  • Circunstancias vitales: 10%
  • Actividad intencional: 40%
Sí, estás leyendo bien, tus circunstancias vitales (tu situación) tienen una ridícula influencia del 10%. ¿Es ese el porcentaje que has puesto? Estoy seguro que no... es más, estoy seguro que has puesto un porcentaje mayor del 50%.

Ahora te animo a hacer otra reflexión: separa las personas que conoces (incluida tú) en una de las dos categorías siguientes, dependiendo de lo que suelan transmitir respecto a su felicidad:

  • Soy muy feliz y doy gracias por todo lo que tengo
  • Si tuviera más xxxx (sustituir xxxx por dinero, amor, tiempo, etc.) sería más feliz, pero así no hay quien viva
Seguramente la mayoría de personas las habrás clasificado en la segunda categoría. Y es natural. ¿Sabes por qué? Porque los humanos sufrimos de algo que se ha bautizado como adaptación hedónica, es decir, una vez que conseguimos sumar algo estable a nuestro estado vital nos acostumbramos y lo incluimos dentro de la norma, de lo que consideramos normal, y a partir de ahí ya no nos hace felices. Es decir, si por ejemplo te suben el sueldo, la subida te podrá proporcionar una sensación de felicidad momentánea, pero pasado un breve lapso de tiempo tu sueldo se convertirá en parte de tu situación normal y no lo percibirás como una fuente de felicidad.

Esto tiene dos conclusiones muy importantes:

  • No hay absolutamente nada de nuestra situación vital que influya en más de un 10% en nuestra sensación de felicidad. Podemos ser tan felices como un niño africano descalzo pegando patadas a una pelota de tela en mitad de la nada o tan desgraciados como un multimillonario podrido de dinero navegando en su yate privado. ¿O era al revés?
  • A pesar de ello nos autoengañamos, y a pesar de que la vida nos demuestra lo contrario seguimos empeñados en pensar que cuando consigamos cobrar más, cuando vivamos en una casa mejor, cuando tengamos un coche más potente seremos más felices. Y vivimos toda nuestra vida persiguiendo una felicidad que no existe, compadeciéndonos y envidiando la suerte del prójimo, que tiene más que nosotros.
Piensa en cada una de las cosas que has ido consiguiendo en tu vida, piensa en cómo te sentiste cuando las conseguiste, y piensa en cómo te sientes ahora respecto a ellas. Piensa si realmente tu felicidad actual depende de las cosas que tienes, y si en algún momento de tu vida pensaste que cuando tuvieras las cosas que tienes serías feliz. Si el pasado te demuestra lo equivocado que estás, ¿por qué te empeñas en seguir equivocándote en el futuro?

¿Entonces, cómo podemos ser felices? Más en el próximo post...

Enseñar a ser feliz

Llevamos algún tiempo en que parece que todo o casi todo nos sale al revés. Y digo al revés, y no mal, porque cuando pienso en estas cosas me gusta recordar esa historia del granjero chino al que le van pasando cosas, que en un principio pueden parecer buenas o malas, pero cuyas consecuencias hacen que lo que a priori podía parecer un golpe de suerte derive en algo perjudicial, o viceversa.

Una de esas cosas que no para de salirnos al revés es la inscripción escolar de nuestro hijo. Queríamos que entrara en un determinado colegio, porque todo el mundo nos lo había recomendado, pero a pesar de intentar con empeño todo a nuestro alcance para conseguirlo parece que no hacemos más que ir en la dirección contraria.

Hoy me he parado a pensar un poco sobre el tema. ¿Y qué si nuestro hijo no va a ese colegio? Parece que la calidad de la educación que recibirá será peor, ¿qué puedo hacer para solucionarlo? ¿Puedo involucrarme en el AMPA y en su trabajo diario para conseguir que llegue a la universidad con una formación adecuada? Por un momento mi línea de razonamiento siguió por este camino, pero luego me pregunté por algo más importante, por la razón final de mi determinación: ¿por qué estoy tan empeñado en darle una buena educación a mi hijo? La respuesta me pareció obvia: por lo mismo por lo que le doy todo lo demás, porque creo que contribuirá a hacerle feliz, porque quiero que sea feliz.

Pero si en realidad lo que quiero es que sea feliz, ¿una buena educación ayudará? La cruda verdad es que no tengo ni la más mínima idea. Pensamos que una buena formación lo ayudará a encontrar un buen trabajo, a ganar dinero y que eso le proporcionará felicidad, pero la verdad es que está demostrado que una vez superado el umbral de supervivencia la felicidad tiene poco que ver con el dinero. Además, y esto es aplicable a cualquier aspecto de nuestra vida, no tenemos ni idea de las consecuencias que provocarán nuestros actos, y recordando el caso del granjero chino, algo que hacemos con la mejor de las intenciones puede tener consecuencias nefastas.

Por otro lado, mi experiencia y el hecho de comprobar el acierto de refranes como "No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita", o "Ten cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad" (éste es especialmente inquietante) me hacen pensar cada vez más que la clave de la felicidad no está en el exterior, en las cosas que podemos poseer o conseguir, sino en el interior, en nuestra capacidad para aprovechar lo que tenemos y aceptar las cosas que nos pasan no como buenas o malas, sino como retos que superar.

Así que una vez llegados a este punto tengo claro una cosa: no quiero darle una buena educación a mi hijo. No quiero darle juguetes, o alimentarlo bien. Ni siquiera quiero vestirlo. Lo que realmente quiero y tengo que hacer es enseñarle a ser feliz.

El problema precisamente es que ahora tengo claro lo que quiero hacer. El objetivo se presenta ante mí obvio, diáfano, pero ¿cuál es el camino? Nadie me enseñó a mí a ser feliz, es más, creo que nadie en realidad se plantea de forma explícita enseñar a sus hijos a ser felices. Así que ahora me siento perdido y confuso. Es fácil recorrer un mal camino, si lo conoces palmo a palmo, porque todos los que tienes a tu alrededor lo recorren, porque es el camino que te han enseñado a recorrer; pero ¿cómo recorrer el camino bueno, si vas a ciegas y no sabes si el próximo paso te precipitará al vacío porque eres el primero que lo recorre? Así que aquí estoy, plantado en la oscuridad ante un camino incierto y difuso, preguntándome cuál debería ser el primero paso...

¿Alguna sugerencia sobre como enseñar a mi hijo a ser feliz?

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